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Comunicación y estructuras de poder

Por Ana Varela

Ante la palabra comunicación pensamos inmediatamente en lo dicho, en lo que nosotros comunicamos, en lo que otros nos dicen. Si avanzamos un paso más podemos contemplar también los gestos, el tono, el énfasis de aquello que hemos escuchado, percibido, en la relación con el otro.

En cualquiera de los casos nos fijamos únicamente en la expresión de la propia comunicación, nos quedamos con los síntomas de un tema importante, con lo expresado, con el aspecto que constituye meramente un indicador de movimientos profundos, ya hablemos de salud, de conflictos o de, en este caso, la comunicación humana.

Lo que se dice, incluso el cómo se dice constituye únicamente la expresión de las actitudes de una persona hacia los objetos y hacia las personas. Lo expresado representa la posibilidad de comunicar la visión que una persona tiene sobre las cosas fundamentales, sobre sí mismo, sobre los otros, y sobre las relaciones personales.

Lo comunicado nos sitúa en una estructura de relación, aporta contenidos informativos sobre posiciones y sobre posibles comportamientos. La comunicación es, por tanto, un indicador del tipo de estructura que se establece; nos informa sobre el modelo de poder que subyace, la estructura de lo social. Constituye una representación de un determinado orden.

Sin embargo, un esquema mental no es algo fácil de cambiar porque requiere que uno se enfrente consigo mismo.

No podemos transformar la comunicación sin modificar nuestros esquemas mentales sobre el mundo. Por ello, resulta muy complejo estructurar programas formativos eficaces relacionados con la comunicación; nos limitamos a intervenir en el indicador pero no lo hacemos en el sustrato verdadero de cambio, en los esquemas mentales de posiciones y relaciones entre las personas, en las categorías que organizan el mundo social.

Comunicación y estructuras de poder

La comunicación procede de esquemas mentales que organizan el mundo y que configuran las formas de relación con los objetos y con las personas, estableciendo categorías de relación. Dos criterios son importantes para determinar el tipo de poder en el que convivimos: la flexibilidad para realizar cambios de categorías y el número de relaciones posibles entre las categorías y sus elementos. Ambos criterios influyen en el modelo geométrico de la organización, por ejemplo, en una estructura piramidal donde ciertas categorías tienen pocas posibilidades de relacionarse pues no coinciden en espacio ni en tiempo.

Podemos decir que hemos aprendido a relacionarnos en sistemas de poder por representación, con poder estático y posicional, con un orden de jerarquía entre las partes, donde no se especifica únicamente la diferencia sino que ésta tiene una posición estratificada y unas comunicaciones y comportamientos determinados; se produce una estructura organizativa donde las diferencias no son complementarias. La complementariedad es aquí concebida como una debilidad, como vulnerabilidad y la comunicación como un riesgo. En una organización así la posición abarca todas las áreas de la persona, cada persona pertenece a una categoría específica y se mantiene en ella para todos los órdenes de la vida. El orden resulta estático y el cambio se percibe como una amenaza: “cambiar es morir, dejar de ser”.

Podemos así entender a Foucault cuando dice: “Y creo que es de esta concepción jurídica del poder, de esta concepción del poder a través de la ley y del soberano, a partir de la regla y de la prohibición, de la que es necesario ahora liberarse si queremos proceder a un análisis del poder, no desde su representación sino desde su funcionamiento”.

La funcionalidad se establece desde la flexibilidad ‘categorial’, la relación se basa en los contenidos de los elementos de cada categoría y se precisa la capacidad de cambiar de categoría en función del contexto de la relación. La autoridad no es aquí obedecida por sí misma como categoría social sino por los contenidos que ofrece, por sus comportamientos y por sus comunicaciones. La complementariedad es aquí un fundamento y la comunicación a dos vías, un requisito. La pirámide no puede ser aquí la figura geométrica que represente el orden social. No cambiar es aquí morir.

Acoso como forma de poder

Aquello que en un momento resultó productivamente útil, el poder ‘posicional’ de categorías inamovibles y duraderas; el orden claro y permanente; la pirámide como figura de referencia y el aprendizaje ritual del comportamiento entre categorías, actualmente no resulta útil sino que se presenta claramente dañino para el desarrollo que precisamos.

La construcción de categoría de autoridad-obediencia se presenta como un claro fracaso para el avance social y para el desarrollo empresarial. Es un reducto del pasado y un peligro del futuro. Un residual del que debemos deshacernos para afrontar otras posibilidades.

El acoso es el producto de un poder ‘posicional’ y estático aplicado a un mundo que precisa de la funcionalidad y de la continua transformación, de las formas cambiantes, flexibles al entorno, a la situación. El acoso no es fruto de la firmeza sino de la rigidez educativa, de la frialdad relacional, el acoso es hijo y producto de la conquista como sistema de relación con el mundo. El acoso es el continuo combate en una conquista que nunca se realiza, es un aprendizaje de sumisión al orden de categorías, al margen de los contenidos que las propias categorías establezcan, la ansiedad por la aceptación y el miedo al rechazo de ‘categorial’ constituye el sustrato emocional de relación.

El acosador debe aplacar cualquier signo de flexibilidad, de posibilidad de cambio pues para un sistema estático y rígido, el cambio supone su desaparición, la constatación de su inutilidad. El acoso como forma de poder es hoy un absoluto fracaso por lo que la persona acosadora debe en todo momento aplastar todo aquello que demuestre su sistema ‘posicional’ de poder, por tanto rechaza, aunque de forma disfrazada, lo que hoy se precisa, la amenaza de la transformación.

Como un animal agónico que sabe que va a morir, se expresa con mayor fragor ante la amenaza de su desaparición, en el estallido de su fin.

En el sistema de acoso, la autoridad se establece por la pertenencia total a la categoría, un jefe es un jefe y un operario es un operario al margen del contexto laboral o social donde se encuentren. No se produce flexibilidad contextual o funcional, no importan los diferentes contenidos que cada representante de la categoría pueda contener. El comportamiento es un ritual entre categorías que se mantienen, para mantener el orden social.

Para Milgram en su obra “Obediencia a la autoridad”, la autoridad no es una mera designación de poder, sino la tenencia de un lugar particular de acción dentro de una ocasión socialmente definida. Toda situación posee asimismo una cierta ideología, a la que podemos llamar la “definición de la situación”, y que es la interpretación del sentido de una ocasión social. Como señala Milgram, las sociedades se mantienen unidas por obra de cierta etiqueta situacional, en la que cada persona respeta la definición de la situación presentada por la otra, con lo que elude el conflicto, la turbación, el quebrantamiento embarazoso de la relación social. El aspecto más básico de esta etiqueta no se refiere al contenido de lo que se trasluce de una persona a otra, sino más bien al mantenimiento de las relaciones estructurales entre las mismas.

En las situaciones de acoso se construye un muro transparente infranqueable que cierra la comunicación, es decir, la comunicación parece posible, pero en una vía, el acosador tiene derecho a decirlo todo, el acosado tiene derecho a aceptarlo todo. Es un sistema de poder que extrema la asimetría en lo posible, sin embargo el muro es transparente porque en apariencia podemos hablar de todo. Este muro transparente se construye mediante ladrillos comunicativos. Poder romper el muro significa analizar y entrar en relación consciente con estos ladrillos de cristal. Pautas de comunicación específica, pautas relacionales. No es lo dicho lo que nos ha de importar sino los resultados de lo dicho.

Seamos firmes y valientes, la persona acosadora trabaja su contexto con inteligencia estratégica y con la misma debemos analizar el proceso. El comienzo de la relación es tremendamente agradable, proteccionista y hasta generoso, el acosador prepara su tela de araña para cazar a la mosca y para construir el muro transparente.Cazada la mosca no importa cuanto patalee o agite su cuerpo, cazada, sólo puede dejarse comer o aprender a pensar como una araña, para luchar en igualdad de condiciones. Hay que conocer a la araña para adelantarse a sus actos y comunicaciones.

Esta construcción de autoridad-obediencia-sumisión, está constituido por una relación entre dos figuras: la persona acosadora y la persona víctima, las dos mantienen la construcción de relaciones de una estructura de poder ‘posicional’ y estática, inviolable. Obviamente no podemos comparar la responsabilidad de la actuación puesto que una figura arremete y la otra es agredida. Sin embargo, desde un planteamiento de análisis de la construcción social, debemos ser honestos y decir que una sola de las figuras no podría mantener la construcción relacional. Acosadores sin potenciales acosados poco tienen que hacer y víctimas sin acosadores no tienen razón de existir.

Preguntémonos algo brutal, ¿por qué seguimos produciendo acosadores y víctimas? Porque, desengañémonos, lo hacemos nosotros dentro de nuestra estructura social y entre todos.

¿Qué esquemas mentales sobre la organización del mundo hemos heredado y aprendido culturalmente para afirmar, de alguien con poder que trata cruelmente a los demás, “en el fondo es bueno”? Pensemos en qué fondo es bueno si toda su comunicación está representando un freno para la comunicación un desprestigio del poder y la dignidad de su otro en la relación. Se es bueno cuando se actúa bien, fondo y forma no pueden ser inconexos en tal grado pues rozamos la patología.

La amabilidad no debe engañarnos en nuestros juicios, pues bloqueará nuestra capacidad para afrontar el maltrato; desde la ingenuidad, la amabilidad y la zalamería no hacen más que crear dependencias y obligaciones en nuestras relaciones. Las relaciones de obligación construyen el entramado del acoso.

Estamos educados en la sumisión a la autoridad sea ésta del color que sea, como categoría radical. Podemos organizar guerras, matar seres humanos, provocar la hambruna de países alejados, abusar de los más débiles siempre y cuando se realice dentro de la construcción social de las categorías de autoridad.

Las llamadas víctimas no pueden violar la relación de autoridad, demasiada cercana a sus propias representaciones sociales, las víctimas son aquellas personas que no pueden violar una relación con alguien de poder porque esto haría saltar por los aires todo su esquema de organización, pero a las personas acosadoras les sucede lo mismo, dos extremos de un mismo comportamiento; diferentes posiciones para poder mantener la construcción.

No quisiera ser alarmista, pero demasiado tiempo en este tipo de relaciones puede hacernos inútiles para establecer otras formas de relación, de poder, de orden social, organizacional. Porque si sabes ser víctima también sabes ejercer la dominación, quizá nunca puedas llegar a hacerlo, quizá las circunstancias no se den, pero aquel que ha sido educado para no violar la autoridad bajo ningún concepto, para no resquebrajarla, está educado en un esquema de relación particular y en determinadas circunstancias puede ocupar cualquiera de las dos posiciones.

Si juntos no sabemos salir del laberinto del abuso, si no queremos profundizar en nosotros mismos, si no queremos transformarnos, seamos al menos lo suficientemente valientes y personas para separarnos. Si nos vemos ya incapaces de aprender, seamos generosos y separémonos para permitir otras uniones, otras formas.

Aprendamos a reconocer los transparentes ladrillos que constituyen el muro de la comunicación. La vinculación entre las partes se concibe a través de la hipervigilancia del otro, del temor a ser cogido en un error, es una relación obsesiva que cierra la puerta a las nuevas posibilidades, a la creación. Es una relación basada en la ansiedad mantenida como sustrato emocional.

La comunicación permanece cerrada puesto que se corre el riesgo de que el otro se aproveche de ella y nos haga aún más vulnerables a su poder. La estrategia comunicativa más habitual es el sarcasmo, la ironía, las bromas continuas que proporcionan un falso ambiente de buen humor escondiendo la incapacidad para la comunicación real, la hostilidad así encubierta se constituye en violencia permitida.

Los elementos, las personas que componen estas asociaciones se van minando y destruyendo, reduciendo terriblemente su capacidad para realizar otras asociaciones, anclados en la venganza, inútiles ya para las relaciones que no se basen en la desconfianza y la ansiedad. El número de esquemas relacionales posibles disminuye. En el esquema mental de esta situación, la separación se concibe como un imposible, o mejor no se concibe, es una violación del orden. Se mantiene la relación, pero se destruyen las personas, el orden social tiene mayor valor que las personas que lo componen.

El acoso es un sistema relacional de poder obsoleto que no nos atrevemos a violar por miedo al rechazo de una autoridad que ya nos ha rechazado, humillado y violado en nuestra dignidad. No aceptamos ser rechazados ni siquiera por una autoridad enferma y pretendemos demostrarle que debemos ser apreciados.

Insisto, mantenemos la relación estructural por encima de los contenidos de la propia relación, es un comportamiento infantil que mantenemos a lo largo de toda nuestra vida. Asesinamos de esta manera la posibilidad de salir del laberinto, pero por una autoridad así, no hay mayor logro personal que ser firmemente rechazado.

En la separación se produce la destrucción de una asociación, de una relación, pero los elementos que la componen quedan libres y capaces para futuras asociaciones. Se rompe la relación, pero se mantiene a las personas. Se viola el orden si resulta necesario, pero no se viola a las personas. Es una relación de independencia y de compromiso de las partes, no una relación de obligaciones y dependencia.

No es ya la posición, sino la función lo que cuenta, lo que toma valor. No se trata de disminuir al otro para aumentar mi poder, no necesitamos la asimetría como criterio relacional, precisamos que cada uno desarrolle su propio poder particular, en un entorno determinado y que cada uno aporte su poder al grupo. Podemos quizá así entender a Foucault cuando habla de un análisis del poder no desde su representación, sino desde su funcionamiento.

Como Luhmann explica con respecto a reescribir la teoría de la sociedad, “hacerlo requiere un cambio de enfoque, en el nivel estructural, de la estratificación a la diferenciación funcional”

Lo que en un tiempo resulto útil, se convierte en estos momentos en un lastre que nos hace prisioneros de nosotros mismos. No es lo mismo conseguir el objeto, conquistarlo, que conocerlo. Conquistar representa obtener una única dimensión del objeto, aquella que uno desea antes de obtenerlo. Conocer un objeto significa verlo en sus distintas dimensiones, valorarlo, analizarlo e incorporarlo. Conquistar significa poseer y conocer, significa aprender. El acoso es un sistema de dominación por conquista, basado en la ansiedad continua, en el miedo a la pérdida, al rechazo, a la humillación. La persona acosadora domina para no ser rechazada, la persona víctima se somete para no ser excluida y así juntos mantenemos el acoso, en perfecta relación. El perfecto sistema para no ir nunca más allá de los límites establecidos, nos mantenemos ambos dos en perfecto equilibrio de tensión, ayudándonos a no avanzar, podríamos llamarle “la extraña colaboración”.

Ana Varela, Psicología y experta en Formación y Antropología Social y Cultural

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